La captura de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, por fuerzas especiales estadounidenses representa un hito dramático en la geopolítica latinoamericana y un posible punto de inflexión en la crisis venezolana que se arrastra desde hace más de una década.
Esta operación, anunciada por el presidente Donald Trump como una acción contra el “narcoterrorismo”, no solo culmina años de sanciones y acusaciones internacionales contra el régimen chavista, sino que también plantea interrogantes profundos sobre la estabilidad regional, el derecho internacional y el futuro político de Venezuela.
Esta acción ocurre en un momento de debilidad interna para el chavismo: hiperinflación persistente, emigración masiva (más de 7 millones de venezolanos han huido desde 2015) y elecciones presidenciales de 2024 cuestionadas internacionalmente, que permitieron a Maduro iniciar un tercer mandato en 2025. La oposición, liderada por figuras como María Corina Machado o Juan Guaidó (aunque este último ha perdido relevancia), ha celebrado la captura, pero el régimen ha respondido con declaraciones de emergencia y llamados a la resistencia.
La detención de Maduro y su esposa, Cilia Flores, crea un vacío de poder que podría desencadenar varios escenarios:
Según la Constitución venezolana de 1999, en ausencia del presidente, el vicepresidente (actualmente Delcy Rodríguez) asumiría el cargo temporalmente, seguido de elecciones en 30 días. Sin embargo, el chavismo fragmentado, con figuras como Diosdado Cabello en el control militar podría resistir a un golpe interno o represión contra opositores. Si las Fuerzas Armadas (FANB), leales al régimen pero divididas, se alinean con Rodríguez, podría haber una continuidad chavista. Por el contrario, deserciones masivas (como las vistas en 2019) podrían facilitar una transición opositora.
La captura podría revitalizar a la oposición unida bajo la Plataforma Unitaria. Líderes exiliados podrían regresar, y con apoyo internacional, impulsar un gobierno de transición. Sin embargo, divisiones internas y la influencia de paramilitares (como los colectivos) podrían llevar a violencia callejera, similar a las protestas de 2017 que dejaron cientos de muertos.
La población, agotada por la crisis humanitaria, podría reaccionar con celebraciones en bastiones opositores como Caracas o Maracaibo, pero en áreas chavistas como los barrios pobres, podría haber resistencia armada. La economía, dependiente del petróleo, podría colapsar ulteriormente si aliados como Rusia e Irán retiran apoyo, exacerbando la escasez.
La intervención unilateral de EE.UU. viola principios de soberanía bajo la Carta de la ONU, lo que ha generado condenas inmediatas, aliados del Chavismo: Rusia, China, Irán y Cuba han calificado la acción como “imperialista”. Moscú, que ha proporcionado armas y apoyo militar a Venezuela, podría intensificar su presencia en el Caribe, similar a su rol en Siria. China, principal acreedor con deudas por 60 mil millones de dólares, podría demandar compensaciones o respaldar un sucesor chavista para proteger inversiones en petróleo.
Países como Colombia y Brasil, con fronteras compartidas, han movilizado tropas para prevenir flujos migratorios o incursiones. La OEA (Organización de Estados Americanos) podría convocar una sesión de emergencia, potencialmente reconociendo un gobierno interino opositor.
Trump ha justificado la operación bajo la doctrina de “guerra contra las drogas”, pero esto podría tensar relaciones con la ONU y aliados europeos. Precedentes como la captura de Noriega o la invasión de Irak en 2003 muestran que tales acciones pueden llevar a largos procesos judiciales y reconstrucciones fallidas.
¿Qué Sigue Ahora? Son varios los escenarios posibles:
Proceso Judicial en EE.UU. (Corto Plazo: Semanas a Meses): Maduro será extraditado a Nueva York para enfrentar cargos. Un juicio rápido, posiblemente con acuerdos de delación, podría revelar redes de narcotráfico involucrando a carteles mexicanos y funcionarios venezolanos.
Si coopera, podría obtener reducción de pena, pero su testimonio podría desestabilizar aliados regionales.
Estabilización en Venezuela (Corto Plazo: Días a Semanas): El gobierno interino declarará estado de emergencia. Si las FANB se mantienen unidas, podría haber represión; de lo contrario, una junta cívico-militar opositora tomaría control. Ayuda humanitaria de EE.UU. y la ONU podría fluir, pero con riesgos de corrupción.
Elecciones y Reconstrucción (Mediano Plazo: Meses a Años): Bajo presión internacional, se convocarían elecciones libres supervisadas por observadores como la OEA o la UE. Un gobierno de unidad nacional podría negociar con China y Rusia para reestructurar deudas y reactivar PDVSA (la petrolera estatal). Sin embargo, riesgos de guerra civil persisten si facciones chavistas armadas (ELN o FARC disidentes) intervienen.
Riesgos Globales: Escalada con Rusia podría llevar a tensiones en el Consejo de Seguridad de la ONU. En un peor escenario, Venezuela se convierte en un “estado fallido” como Somalia, fomentando migración masiva y narcotráfico regional.
En resumen, la captura de Maduro acelera el fin del chavismo tal como se conoce, pero el camino hacia la democracia es incierto y potencialmente violento. El éxito dependerá de la coordinación internacional y la moderación interna para evitar un vacío que beneficie a extremistas. Este evento resalta la fragilidad de regímenes autoritarios frente a presiones externas, pero también los peligros de intervenciones unilaterales en un mundo multipolar.

